Verosimilitud versus Verdad

Pinocho2

Por estos días se deja sentir un clamor popular por mayor verdad. Sin embargo, la verdad no es suficiente, tiene que ir acompañada de verosimilitud. La distinción es crucial. La verosimilitud emerge cuando una afirmación, independiente que sea o no cierta, tiene la apariencia de verdadera. No importa cuántas veces la Presidenta repita que no conoció el negocio inmobiliario de su nuera, que no sabía del préstamo con el que Caval financió la compra de los terrenos en Machalí, y que desconocía la reunión entre su hijo y su nuera con Andrónico Luksic (el presidente del Banco de Chile, institución que prestó los fondos para la transacción).

Tampoco importa cuántas veces repita que ignoraba que, en el curso de su estadía en Nueva York, tuvo lugar una precampaña para su regreso a La Moneda y que ella no estaba enterada de cómo ésta se financiaba. Todo lo anterior puede ser cierto. Personalmente, lo creo. El problema es que no es verosímil.

Jaime Quintana, presidente del PPD y correligionario del ex ministro Peñailillo, niega que este último haya gestionado platas de precampaña. Un diario digital informó de una “coordinación” entre Peñailillo y La Moneda que habría inhibido a este último de hablar arrastrando al fango a muchos más. Después de esta revelación ¿Alguien creerá que es cierto o, al menos verosímil, lo que Peñailillo pueda decir?

Francisco Vidal declaró que el error de Peñailillo no había sido armar una precampaña (expresión cargada de sospecha), sino que el no haber informado a la Presidenta. Nuevamente esto puede ser real. ¿Pero es verosímil que el colaborador más estrecho de la Presidenta, quien viajó varias veces a Nueva York a conversar con ella, no haya informado a su jefa, como solía llamarla, que una precampaña se estaba desarrollando en Chile?

En el clima predominante, o en cualquiera, si alguien dice que tal o cual no es un sinvergüenza, lo más probable es que se interprete como la confirmación definitiva de que sí lo es. Hace unos días Vidal declaró que la generación G90, políticos de entre 35 y 45 años liderados por el ex ministro Peñailillo, no son unos “sinvergüenzas”. No lo pongo en duda. Eso sí, Vidal incurrió en un desmentido desafortunado. Y, al hacerlo, instaló en la agenda una presunción de sinvergüenzura que no existía y la convirtió en algo, a lo menos, verosímil.

La afirmación “entregué boletas por trabajos hechos” debe ser de las más escuchadas entre políticos en problemas. Recientemente, un medio reveló que el senador Andrés Zaldívar emitió boletas a la Fundación Huinay, ligada a Endesa, y a Aguas Andinas. Zaldívar respondió que estas boletas habían sido emitidas por trabajos hechos y que, además, éstos se realizaron cuando no era senador. ¿Quién podría discutir el derecho del senador Zaldívar a ejercer su profesión? Maldita aseveración. Decir que se dieron boletas por servicios prestados se ha vuelto inverosímil. No importa cuán cierto sea.

Todo lo que se ha dicho en torno al financiamiento de la política y a los líos de la familia presidencial, podría ser o no ser verdadero. El problema es que las aclaraciones no son verosímiles. Por esto es tan dificultoso salir de la fatalidad en que estamos. Los ciudadanos son objeto de una letanía de negaciones (no hice esto, no hice esto otro), de declaraciones de ignorancia (no sabía esto, ni lo otro) y de manifestaciones de apoyo a personas que son objeto de sospecha de las peores fechorías para el financiamiento de sus actividades políticas.

La periodista Cecilia Rovaretti, tras entrevistar a la presidenta en radio Cooperativa, dijo al vespertino La Segunda: “No sé porqué, pero le creo a la Presidenta”. Está haciendo un acto de fe. Allá ella. Pero los negadores, que afirman no haber hecho esto ni lo otro, y los ignorantes, que dicen no saber nada, demandan actos de fe, cuando ésta ya no existe.