Sacando la Foto

Sacando la Foto

Aburridos a la espera del inicio de una reunión, un amigo me propuso que hiciéramos una empresa. ¿El giro?, le pregunté. “Tasar huevones” respondió. “El semblanteo es el 50% en todo”, me dijo. Confiado en su habilidad para la prestación del servicio aseguró ser capaz de “sacarle la foto” a un individuo en una conversación de no más de diez minutos. El asunto me comenzó a intrigar. ¿Cual sería el modelo del negocio?, inquirí. Bueno, dijo, podemos cobrar una tarifa piso por un informe corto que despachamos con un encuentro de diez minutos con quien se nos encargue semblantear. Pero, si el cliente quiere un scanner, pedimos conocer a la señora o al marido, y entramos a su casa.

La idea me ha seguido dando vueltas y he intentado recordar cuánto he sido capaz de extraer de un encuentro breve en el pasado. Existen personajes que a uno le hacen la pega fácil. Ahí están los que en menos de 5 minutos se refieren por el nombre de pila a grandes empresarios o al Presidente de la República de turno. O los que deslizan palabras en inglés, aparentando el manejo del idioma, aunque en realidad no lo hablan.

Los siúticos y arribistas pertenecen a otro grupo de semblanteables. Se encargan de que no exista asomo alguno de dudas de que poseen mucho dinero. Tienen predilección por los relojes Rolex, mandan a bordar las iniciales de su nombre y apellido en sus camisas, y sobre-vuelan la crisis de los 50 arriba de algún diminuto convertible deportivo. También están los arribistas intelectuales que critican (merecidamente) a la televisión chilena y que aclaran que solamente ven el cable o Netflix. Van a la ópera aunque les aburre soberanamente, y se esmeran en que sus hijos aprendan francés, aunque sólo les sirva para ordenar un café en el par de viajes que harán a París a lo largo de sus vidas.

Los “traidorcitos sonrientes” son otra especie fácilmente semblanteable. Acostumbran a guardar riguroso silencio durante las reuniones de trabajo, para luego desplazarse sigilosamente a la oficina del jefe a expresar lo que realmente piensan. Transitan por la vida haciéndose los simpáticos y buena gente, obnubilando una ambición sin límites.

El antisemita leve y larvado es una tipologia común que se desenmascara rápìdamente. Cuando un no judío le presentan a un judío y se esmera en declararle que tiene muchos amigos “de la colonia”, hay un problema. También huele mal cuando alguien le pregunta a un judío si acaso es israelita, con el sólo propósito de evitar la palabra judío.

Hay que estar alerta para detectar a los aduladores que, por naturaleza, son poco confiables. Encuentran que has adelgazado, te dicen que eres el mejor abogado, dermatólogo, redactor publicitario, gerente de empresas, o cualquiera sea tu profesión u oficio. Se refieren a uno como “maestro”. Y si no se tiene alguna cualidad, te la inventan. “Dile al tonto que es forzudo”, es la regla con que se relacionan.

El que posa de austero es otro cinicote que pulula por la fauna nacional. Son tipos inmensamente ricos, a los que les importa mucho la plata, pero que algún trauma infantil o una vocación religiosa les impide disfrutar sin culpas de lo mucho que tienen. Te invitan a una comida en sus casas y todo hiede a austeridad en relación al inmenso patrimonio del que gozan. El barrio donde viven no es ni tanto ni tan poco. Por ejemplo, Los Domínicos. La comida que sirven en sus casas cuando tienen invitados es sencilla, cosa que suelen poner de relieve en el preciso instante en que la empleada hace su ingreso al comedor con una fuente con algún guiso no demasiado apetitoso al que, por razones de buena crianza, hay que alabar con un entusiasmo desproporcionado.

En cuanto al negocio que mi amigo me propone, tendré que pensarlo. Por de pronto se corre el riesgo de transformarse en un experto en mirar la paja en el ojo ajeno. De ahí a un paso de convertirse en un hediondo de aquellos que no se huelen. Una estirpe demasiado fácil de semblantear.