Paseo Ahumada y Partidos Políticos

Paseo Ahumada y Partidos Políticos

Era predecible. Los partidos políticos se opusieron al refichaje de sus militantes. No están dispuestos a sincerar el número de adherentes duros que tienen. No creen que pueden convocar a muchas personas a una notaría para hacerse miembros. Tienen razón. Es muy poca la gente disponible para militar en un partido político hoy. El bochorno de una militancia paupérrima sólo agregaría oprobio a la ignominia. Al desprestigio imperante se sumaría la falta de representatividad definitiva de los partidos. Por eso es que nunca habrá refichaje.

Si detuviéramos a un transeúnte en el Paseo Ahumada y le preguntáramos qué ideas promueve cada partido político, no estoy seguro que obtendríamos respuestas. En un plano, está la mala reputación de la actividad política. Pero eso no es todo. Es imposible adherir, mucho menos pertenecer, a un colectivo que no se sabe qué representa. La actividad partidaria transcurre a espaldas de los ciudadanos. Todo es puertas adentro y el olor que sale de la cocina no es agradable.
La falta de vocación para construir visiones distintivas en torno a asuntos trascendentes se apoderó de las agrupaciones políticas hace más de una década. A comienzos de los noventa el Partido por la Democracia (PPD) se aprestaba a convertirse en el espacio que aglutinaría a sectores de la centro-izquierda que aceptaron el liberalismo económico junto a opciones también liberales en los valores y en la cultura. Renovación Nacional (RN) abriría un espacio similar para quienes desde la centro-derecha aspiraban a perfeccionar la nueva democracia y que se identificaban con una opción más laica y abierta que la que proponía la Unión Demócrata Independiente (UDI). El Partido Socialista(PS) perfilaba una agenda social y como trasfondo una profunda renovación doctrinaria que terminaba por aceptar al mercado como núcleo del funcionamiento de la economía. El Partido Demócrata Cristiano (PDC) enfrentaba la obsolescencia del modelo comunitario y articulaba una nueva propuesta que consideraba los cambios económicos y sociales que desencadenaron la valoración por la iniciativa de los individuos como palanca de movilidad social.

El PPD, la novedad de fines de los ochenta, se convirtió en la gran promesa incumplida, convirtiéndose en un partido de caciques que promueven los intereses particulares de su propio lote. RN sigue atrapada entre sus dos almas, la liberal y la conservadora y es imposible distinguir que ideas tiene del país que quiere. En los últimos dos gobiernos de la centro-izquierda, el PS se ha definido por el apoyo incondicional a la presidenta de sus filas. No mucho más. La UDI cabalgó sobre una bien construida base popular a lo largo del territorio, pero ella se fue debilitando y no resultó suficiente. La generación de recambio que intentó mandar al ruedo no logró fraguar y hoy el partido sigue siendo manejado por su generación fundacional, que no parece tener nada nuevo que decir.
Este cuadro facilita la irrupción de liderazgos individuales, sustentados esencialmente en el carisma. El riesgo de una corriente populista también es inminente. No habrá que sorprenderse demasiado si las próximas elecciones se convierten en un manantial de ofertas, promesas incumplibles, y concurso de simpatía. Mientras tanto, los partidos quedarán relegados a la disputa de cuotas de poder en el aparato del Estado y a las elecciones parlamentarias. En el intertanto, el transeúnte del Paseo Ahumada ya ni siquiera intentará dilucidar las diferencias. Malas noticia para la democracia.