MK

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Mario Kreutzberger (MK) vive en Indian Creek, exclusiva isla privada de la ciudad de Miami, en la que tiene de vecino a Julio Iglesias, entre otros multimillonarios. Un jardín que mira a los canales que conducen al océano atlántico adorna el paisaje. En su muelle privado descansa un yate que ha navegado con autoridades de gobierno, empresarios y artistas. Un día caminábamos cancinamente por el jardín de su mansión, de ida y de vuelta como dos jubilados. Yo escuchaba a MK relatar el esfuerzo con que había comprado la propiedad y quejarse de los gastos que implicaba mantener el barco, por lo que pensaba venderlo. Si alguien hubiese oído esta conversación sin saber que MK era uno de sus interlocutores, habría imaginado que se trataba de dos amigos charlando bajo el parrón de un DFL-2 en la comuna de Ñuñoa. Esto, mientras uno le relataba al otro de como echando mano de los ahorros de toda una vida, pudo cumplir el sueño de la casa propia.

En su fuero interno MK vive al borde de la fatalidad. Lo asalta la convicción de que sus proyectos van a fracasar. Cada vez que vislumbra la próxima Teletón, pronostica lo difícil que será cumplir la meta. Su andar es pausado y su postura gibada. La cadencia de su voz es suave, aunque su dicción es descuidada, de mandíbula floja. Muy distinta a la que escuchamos en su performance como animador.

Con MK y un grupo de empresarios intentamos un ambicioso proyecto televisivo. Le dimos vuelta durante unos meses, aunque el emprendimiento nunca se materializó. Después de cada reunión, MK nos invitaba a mi y a otros profesionales jóvenes del equipo a caminar por el centro de Santiago. Nos anticipaba que el proyecto no iba a resultar, pero que nosotros igual seríamos contratados por la empresa. Esta predicción se cumplió sólo en parte. La empresa no nos contrató. El lente pesimista de MK no tiene que ver con un ojo avezado para evaluar la viabilidad de las ideas. El es simplemente un catastrofista. Observarlo antes del lanzamiento de un nuevo programa es desconcertante. Sus estimaciones de rating son siempre negativas. Quizás MK sea víctima de un rasgo que compartimos los judíos. En alguna parte de nuestro inconsciente se aloja la idea de que, a la vuelta de la esquina, vendrá un nuevo holocausto.

El contraste entre MK y Don Francisco es radical. Cuando MK cruza el umbral de las bambalinas, se encienden las luces y entra en escena convertido en Don Francisco, su postura gacha, su talante pesimista, melancólico y, su mala dicción, quedan atrás. Su vitalidad, energía y reflejos se asemejan a los de un deportista de alta competencia. En escena, Don Francisco opera con cuatro turbinas. Jamás nadie le ha podido competir. Su conexión con la audiencia es total. Su sentido del timing, el manejo de las emociones de sus entrevistados, la transición del drama al humor y vice versa son magistrales.

No es posible estar dotado de estos talentos sin un conocimiento profundo de la naturaleza humana. A MK le gusta recorrer Chile, caminar por sus calles y conversar con la gente cuando las cámaras no están encendidas. Se alimenta del reconocimiento que le brindan pero, a la vez, escucha. Atentamente. Como queriendo absorber todo lo que le dicen. En estos encuentros se fragua su comprensión acerca de la esencia de las personas.

He cometido un error en mi carrera que estoy dispuesto a reconocer. A mediados de los 80,´ hacía estudios de audiencia para Canal 13. MK quería evaluar los distintos segmentos de Sábado Gigante (SG), para decidir cuales continuarían en la próxima temporada. Como resultado de mi investigación recomendé eliminar Solteras sin Compromiso, una de las secciones emblemáticas del programa. MK ignoró mi recomendación, mantuvo Solteras sin Compromiso, y fue lo más exitoso del nuevo ciclo. El nunca me lo enrostró. Aunque han pasado más de 20 años, a mi la equivocación todavía me persigue. MK no requiere de Focus Groups para entender al público. Lo escudriña con su propio método.

La corrección política nunca ha sido el fuerte de MK. SG era un programa machista, que trataba a las mujeres como objetos sexuales, se mofaba de los gays, y se reía de la gente común que asistía al Canal a ver el programa. Eran otros tiempos y otro país. Tolerábamos estos comportamientos sin reparar en su primitivismo. El legado de MK no sufriría merma si en alguna ocasión reconociera que en esto pudo ser mucho mejor.

A lo largo de su carrera MK casi nunca transparentó sus ideas políticas. Pero en una entrevista reciente admitió que para el plebiscito del 5 de octubre de 1988, habría votado por el No. Optó por pasar esa fecha fuera de Chile. Según su relato, viajó para eludir las presiones. A mi nunca me confidenció qué partido o coalición lo representaba. Si lo hubiese hecho, no lo revelaría. Pero de las conversaciones que tuvimos me quedó la impresión de que se trataba de un hombre moderado. Más bien de centro. Quizás un social demócrata. Pero no estoy seguro. MK no formó parte de quienes lucharon por el fin de la dictadura. Pero tampoco se dejó utilizar por el régimen de Pinochet, como si lo hicieron la mayoría de sus colegas de la época. Desde el regreso de la democracia MK ha cuidado su relación con los presidentes para buscar el máximo respaldo a la Teletón. Desde Aylwin hasta Bachelet, conscientes de su popularidad, siempre lo apoyaron. Cuando ha hecho programas con candidatos presidenciales ha sido ecuánime. Con la sola excepción de la entrevista a Sebastián Piñera en la campaña del 2009. Evitó las preguntas duras e hizo entrar a los hijos, señora y nietos de Piñera muy al inicio de la transmisión, generando un ambiente de almuerzo dominical y abortando anticipadamente el cuestionario político. El contraste entre el trato que le dio a Piñera, a diferencia del resto de los candidatos, fue muy notorio.

Es posible que en los últimos tiempos MK haya perdido la sintonía fina con las nuevas audiencias. Desde el año 2003, en que la Teletón no cumplió su meta, ha estado consiente que la encarnación televisiva de la campaña requiere de una puesta al día. Pero no ha sabido impulsar cambios. La más reciente Teletón fue objeto de críticas. No es posible capturar la atención de las audiencias con los mismos recursos creativos de los años 80´. Los concursos de baile, los partidos de fútbol entre políticos y ex futbolistas, el “Mister Teletón” y otros resultan anacrónicos. Pero más allá del show televisivo, la obra de la Teletón es extraordinaria y eso es lo que verdaderamente importa. En ella se ha cristalizado la voluntad permanente que ha tenido MK de aportar a la solución de problemas sociales de su país. Más allá de la lucha para derrotar la discapacidad, los recurrentes desastres naturales que nos aquejan han contado con el liderazgo de MK para animarnos y liderar campañas de recolección de fondos.

Es muy temprano para escribir el obituario de MK. Como él lo ha señalado, mientras tenga salud y energía, seguirá haciendo televisión. Pero si su carrera terminara hoy, que más se le podría pedir. Durante cincuenta y tantos años dominó la televisión de habla hispana. Primero en Chile y luego en Miami, ciudad desde la cual se convirtió en uno de los latinos más influyentes de América del Norte. Hizo caridad como pocos. Su fatalismo jamás le habría permitido imaginar la carrera superlativa que ha tenido. Pero cuando los historiadores escriban un capítulo sobre MK, reconocerán que su contribución superó infinitamente los pocos errores cometidos y las deudas que habrá dejado.