La Voz

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Hace unos días iba en el auto escuchando una entrevista de Cecilia Rovaretti a Marcelo Díaz, Ministro Secretario General de Gobierno. La conversación incluía tanto preguntas políticas como acerca de su vida. Oír a Díaz hablando de la relación con sus hijas, de su padre, de sus inicios en la política, de su mujer, en fin, de su historia personal, me produjo una sensación de cercanía, que poco tiene que ver con el tono de su discurso como vocero de gobierno. En este caso su comunicación era genuina y cercana. Sus palabras y su manera de expresarse proyectaban honestidad y desprendimiento. Pero a poco andar el intercambio giró hacia la política. Específicamente a la renuncia de Carlos Correa a la Secretaría de Comunicaciones. En ese instante sus ideas se volvieron confusas y parecían responder a una pregunta que nadie le había hecho. Habló de su larga historia con Correa, del respeto profesional que le tenía, cuestiones ni remotamente relacionadas con lo que estaba arriba de la mesa. Luego irrumpieron las frases clichés: “Carlos (Correa) cumplió un ciclo”. El tono de su voz se volvió más ceremonioso, la verosimilitud de sus palabras se debilitó, se escuchaban formales y desconectadas de lo que probablemente Díaz pensaba y sabía. Admitió que el reciente slogan lanzado por el gobierno no fue siquiera consultado con Correa. Pero evadió la relación entre este grave hecho y su renuncia. Mal que mal, Correa presidía la repartición a cargo de las comunicaciones del gobierno. Una desautorización de tal magnitud haría renunciar a cualquier director o directora de comunicaciones que se respete, cuando se entera por la prensa de algo esencial a la esfera de sus funciones. Pero el ministro evadió este peliagudo asunto, que estaba en el núcleo de la pregunta principal: ¿Porqué renunció Carlos Correa?

Se podría afirmar que en nada se compara la voz de una persona haciendo un relato de su vida , que cuando habla en representación de un gobierno. Pero esta visión es simplista. ¿Tendrá que ser forzosamente así? El supuesto detrás del estilo institucional de comunicación, de medias verdades, de frases hechas y vacías que la gente ha escuchado una y mil veces, es que este lenguaje es efectivo. Pues no lo es. Se percibe poco genuino y hasta mentiroso. Peor aún en un clima de profunda desconfianza en la política, sus dirigentes e instituciones. Así lo entendían Ronald Reagan y Bill Clinton. Así lo entiende Barak Obama. Cuando Obama dio la conferencia de prensa tras ser informado que había ganado el Nobel de la Paz, la siguiente fue su intervención: “No era la manera en que esperaba levantarme esta mañana. Malia (su hija) entró a mi habitación y me dijo, papá, ganaste el premio Nobel de la Paz; Bo (el perro de la familia) está de cumpleaños; y se viene un fin de semana largo. Estas son las cosas que me ayudan a mantener la perspectiva”.

¿No valdrá la pena probar algo distinto, más genuino, con mayores grados de sinceridad, tratando a los ciudadanos como adultos que pueden procesar la verdad? No parece que haya mucho que perder. Es quizás una apuesta que ayudaría a reencontrar a la gente con los políticos. ¿Quién mejor que Marcelo Díaz, mensajero del gobierno, podría intentar este cambio? Por lo escuchado en la entrevista con Rovaretti, lo tiene adentro y lo puede hacer.