El Imperio de las Apariencias

El Imperio de las Apariencias

En una reunión social en Londres, ciudad en la que estaba por razones de trabajo, me acerqué a conversar con una mujer de curioso aspecto. Pelo graso y ostensiblemente mal cortado, dentadura en estado lamentable, y vestuario cuidadosamente seleccionado para dejar la peor impresión. En suma, mi nueva conocida exhibía su evidente desaseo sin ningún complejo. Si las apariencias fueran indicativas del éxito profesional o del status de una persona en los circuitos del poder, ella no tendría donde caerse muerta. A modo de inicio de una conversación sin destino, le comenté que me encantaba Londres y que alguna vez querría vivir allí. ¿Cual es el obstáculo?, me preguntó. Bueno, le digo, la verdad es que no creo que alguien me ofrezca trabajo por estos lados. Le cuento a lo que me dedico y ella me dice que no tendría mayores dificultades para conseguirme algo interesante. En ánimo deportivo le pregunto qué tiene en mente. Para hacer una historia larga corta, la mujer resultó ser el brazo derecho de uno de los más connotados empresarios londinenses, dueño de un imperio multinacional. Tras las amables gestiones de mi nueva amiga, dos días más tarde me encontraba en un celebre restaurante de Londres, sentado frente a frente a este hombre.

Las primeras impresiones y, para que hablar de aquellas derivadas de los aspectos físicos de una persona, pueden desencadenar grandes equívocos. En su libro Blink, Malcolm Gladwell recuerda la elección de Warren Harding como Presidente de Estados Unidos en los años veinte. Harding era un hombre joven, alto, de contextura atlética, saludable, abundante pelo negro, tez bronceada, voz resonante, masculina y a la vez cálida. Sus modales daban la impresión de ser una persona bien inspirada, atento a los demás, sincero y bondadoso. El arquetipo de la figura presidencial americana de la época. Quienes conocían bien a Harding pensaban que su aspecto físico lograba compensar su falta de inteligencia. Así, aunque Harding comenzó compitiendo en sexto lugar en las primarias de su partido, el Republicano; los dones que la naturaleza le dio lo salvaron. La perentoria urgencia de encontrar una figura de consenso permitió que Harding fuese ungido. La crónica de la época recuerda que un Senador que participó en las negociaciones exclamó “elijamos a Harding que es el que parece Presidente”. Su estadía en la Casa Blanca duró tan sólo dos años (falleció en el cargo tras un infarto al miocardio) y Warren Harding es considerado por historiadores y cientistas políticos como el peor presidente que haya conocido la historia norteamericana del siglo XX.

Vivimos con imágenes e ideas de como deben ser las personas en función de los roles que ocupan. Querámoslo o no, asociamos el liderazgo a ciertos atributos físicos como, por ejemplo, la estatura. Nos cuesta digerir la imagen de un delincuente de cuello y corbata. Nos imaginamos a los criminales más bien sin corbata. Suponemos que las azafatas, como se les llamaba antiguamente, son jóvenes y bonitas, aunque en las más prestigiosas líneas aéreas suelen ser no tan jóvenes ni tan bonitas. Anticipamos precozmente que el gerente general de una empresa es hombre y que quien dirige un jardín infantil es mujer. Con el mundo de los objetos físicos nos ocurre algo similar. Pensamos que una mermelada en frasco de vidrio es más casera que una en sobre de aluminio. Que los helados en envases cilíndricos son más artesanales que aquellos que se venden en contenedores rectangulares. Que las bebidas en latas son más refrescantes que las que vienen en envases plásticos. Que las conservas en frasco tienen menos preservantes que las enlatadas. Y que los champús en envoltorio verde son más naturales que los otros.

Muchas de nuestras decisiones, algunas importantes y otras no tanto, las tomamos de acuerdo a las expectativas y prejuicios que tenemos acerca de las apariencias de las personas y de las cosas. Y por ello no son pocos los errores que cometemos. Por cierto todo esto no ayuda a encontrar un trabajo en Londres.