Caricaturas

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Caricaturizar es un recurso efectivo para mermar la autoridad del adversario, y se manifiesta todos los días a través de los medios de comunicación. Pero un fenómeno más extraño es la auto-caricaturización. Esta consiste en ridiculizarse inadvertidamente, incurriendo en un error no forzado. Es lo que le ocurrió al Ministro Máximo Pacheco con su despliegue en defensa del nuevo e impopular horario de invierno. Carmen Gloria Betancur, Presidenta de la Sociedad de Medicina del Sueño (Sochimes), fijó la posición de los médicos especialistas y planteó que “fisiológicamente no es bueno seguir como estamos”. La medida ha perjudicado a estudiantes, trabajadores, transportistas, y empresas. No ha habido voces defendiendo al Ministro, quien le cambió el horario a los chilenos sin consultarle nada a nadie. Hoy, no hay polémica. Lo que hay es más bien un rechazo consensuado en torno a esta desafortunada política. El resto caricaturas.

¿Qué ha hecho Pacheco? Para demostrar la supuesta acogida que habría tenido su decisión, ha echado mano de datos de encuestas que no preguntan directamente por las preferencias de la gente en materia de horarios. Ha convocado a un comité interministerial para monitorear los efectos del horario y, ahora si, a abrir un debate ciudadano, como si esto se tratara de la refundación de Santiago. ¿No tendrán nada mejor que hacer lo ministerios que apañar a un ministro por una medida tan errónea como desatinada? Bordeando el teatro del absurdo, y como un anuncio a la mitigación del problema que generó, el ministro, dijo que a partir del 22 de Junio, tras el solsticio de invierno, vaya consuelo, tenemos 15 minutos extra de luz diurna. Como si todo esto no fuese suficientemente descabellado, ha hecho trascender una conversación con la presidenta en la cual le señaló, en tono de chiste, que si pasaba el 21 de junio, de ahí en adelante se iría hacia arriba, supuestamente, en las encuestas. Cómo detrás de los chistes se esconden verdades, Pacheco ha convertido el horario de invierno en un asunto personal, en el cual, según él, se jugaría su popularidad y permanencia en el cargo.

Embolinar la perdiz no es una estrategia de comunicaciones. Es el camino más corto para perder la confianza de la gente y echar por la borda una política pública.