Bachelet Culpable

Bachelet Culpable

En la lógica del poder presidencial existen los llamados fusibles. En las campañas son los asesores a los que se les responsabiliza por cada variación negativa en las encuestas. En el gobierno son los ministros. Cuando las cosas se descomponen, se les pide la renuncia con lo cual, dice la creencia, se protege al presidente o a la presidenta de turno.

Pamplinas. Los responsables últimos de todo lo que se hace o se deja de hacer, ya sea en una campaña o en un gobierno, son los candidatos y los presidentes. Son ellos los que definen sus equipos y aprueban o rechazan las propuestas.

Rodrigo Peñailillo, ex ministro del interior y Alberto Arenas, ex ministro de hacienda,  han sido sindicados responsables del desastre en que desembocaron las reformas emprendidas por Bachelet y por la orientación de su gobierno. Lo que hicieron es difícil de defender. Pero eximir a la presidenta de culpabilidad por el descalabro transgrede el sentido común. Primero, fue ella quien designó a un equipo de escasa experiencia política y con un bajo nivel técnico para diseñar un programa de gobierno y luego materializarlo. Peñailillo no tenía la estatura para ser jefe de gabinete. Arenas es un economista bien formado, pero no está a la altura de los técnicos que los presidentes de la Concertación nominaron en posiciones similares en gobiernos anteriores. Pero fue Bachelet quien los eligió, fue ella la que les encargó el diseño de su gobierno y, finalmente, aprobó el programa.

Nunca he visto a un candidato que gane una elección y que no sea el principal artífice de su victoria. Lo mismo corre para los derrotados. Cometieron errores, a veces inducidos por sus asesores y en ocasiones desoyendo las recomendaciones de ellos. Da lo mismo. Con los presidentes pasa algo similar. Si el gabinete de Patricio Aylwin tuvo estabilidad, es porque él escogió al personal adecuado para el momento en que el país estaba. Hizo una lectura correcta de las circunstancias y supo lo que se requería. Su mérito. Bachelet, en cambio, se equivocó en toda la línea. Erró en la interpretación de lo que ocurría en el país, nominó a un equipo incompetente, y dio el beneplácito a un programa hecho con más voluntarismo que sabiduría.

Lo fácil sería concluir que echarle la culpa a subalternos para salvar a los candidatos o presidentes, verdaderos responsables de sus designios, es una manifestación más de lo mentirosa que es la política. Pero esta no es una buena explicación. La política se desenvuelve en el territorio de los símbolos. Lo que se ve o se escucha no es lo que parece. Por ejemplo, Chile es un país cultural y normativamente presidencialista. Se asume que hay que cautelar la figura del presidente. En un sistema político con estas características, no hay un mecanismo claro que le permita a un mandatario irse sin desencadenar una crisis política de proporciones. La clase dirigente acata esta condición de borde y se comporta en línea con ella. Proteger al presidente o a la presidenta, que es una figura simbólica, es parte de una convención propia de un sistema presidencialista como el nuestro. Culpar a todos menos a quien está a la cabeza se ha convertido en una práctica que permite blindar, como dice el cliché periodístico, a la figura del presidente. Cualquier presidente. Pero esto no significa que los ciudadanos tengan que ajustar sus percepciones a estos códigos. Lo cierto es que Michelle Bachelet es culpable de los efectos negativos de su gobierno.