Mi Entrevista en La Tercera

Mi entrevista en La Tercera

En mi entrevista en La Tercera ofrezco  una visión crítica del gobierno desde el punto de vista de sus estrategias. Planteo que, a diferencia del pasado, los viejos trucos de la comunicación política no sirven para modelar las percepciones de la nueva opinión pública. El gobierno los está usando sin éxito, frente a una ciudadanía más crítica y menos ingenua.

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Palabras

Palabras

“Se ha creado un clima exagerado de confrontación y tenemos, como gobierno, el compromiso de serenar los espíritus”. Estas fueron las palabras de un ministro del gobierno a un diario. Su identidad es irrelevante. Tanto como lo son sus palabras. Lo que se está creando es un ambiente en el cual se dicen cosas que no tienen mayor significado ni trascendencia, porque no hay correlato alguno con la realidad. Mientras el ministro emitía esta declaración, el gobierno enviaba al congreso un proyecto de ley de reforma laboral maximalista, que no incluye reemplazo interno en caso de huelga, a pesar que la administración se había comprometido a llegar a un acuerdo con todos los sectores.

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Sacando la Foto

Sacando la Foto

Aburridos a la espera del inicio de una reunión, un amigo me propuso que hiciéramos una empresa. ¿El giro?, le pregunté. “Tasar huevones” respondió. “El semblanteo es el 50% en todo”, me dijo. Confiado en su habilidad para la prestación del servicio aseguró ser capaz de “sacarle la foto” a un individuo en una conversación de no más de diez minutos. El asunto me comenzó a intrigar. ¿Cual sería el modelo del negocio?, inquirí. Bueno, dijo, podemos cobrar una tarifa piso por un informe corto que despachamos con un encuentro de diez minutos con quien se nos encargue semblantear. Pero, si el cliente quiere un scanner, pedimos conocer a la señora o al marido, y entramos a su casa.

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El Imperio de las Apariencias

El Imperio de las Apariencias

En una reunión social en Londres, ciudad en la que estaba por razones de trabajo, me acerqué a conversar con una mujer de curioso aspecto. Pelo graso y ostensiblemente mal cortado, dentadura en estado lamentable, y vestuario cuidadosamente seleccionado para dejar la peor impresión. En suma, mi nueva conocida exhibía su evidente desaseo sin ningún complejo. Si las apariencias fueran indicativas del éxito profesional o del status de una persona en los circuitos del poder, ella no tendría donde caerse muerta. A modo de inicio de una conversación sin destino, le comenté que me encantaba Londres y que alguna vez querría vivir allí. ¿Cual es el obstáculo?, me preguntó. Bueno, le digo, la verdad es que no creo que alguien me ofrezca trabajo por estos lados. Le cuento a lo que me dedico y ella me dice que no tendría mayores dificultades para conseguirme algo interesante. En ánimo deportivo le pregunto qué tiene en mente. Para hacer una historia larga corta, la mujer resultó ser el brazo derecho de uno de los más connotados empresarios londinenses, dueño de un imperio multinacional. Tras las amables gestiones de mi nueva amiga, dos días más tarde me encontraba en un celebre restaurante de Londres, sentado frente a frente a este hombre.

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